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El Rosario
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El Papa pide rezar el Rosario por la paz en el mundo
Anuncia la publicación de un documento para redescubrir esta oración
CASTEL GANDOLFO, 29 septiembre 2002 (ZENIT.org).- Juan Pablo II pidió este domingo a los creyentes que encomienden la paz del mundo rezando el Rosario y anunció que pronto publicará un documento para ayudar a redescubrir la belleza de esta oración.
Al encontrarse a mediodía con varios miles de peregrinos en el patio de la residencia pontificia de Castel Gandolfo, el Papa recordó en medio de las actuales tensiones internacionales que el mes de octubre es tradicionalmente dedicado por la Iglesia a redescubrir el Rosario, «oración tradicional, tan sencilla y al mismo tiempo tan profunda».
Explicó que «el Rosario es un camino de contemplación del rostro de Cristo realizado --por así decir-- con los ojos de María. Por tanto --añadió--, es una oración que, si se arraiga en el corazón mismo del Evangelio, está en plena sintonía con la inspiración del Concilio Vaticano II».
El Rosario, siguió diciendo, está «en perfecta línea con la indicación que he dado en la carta apostólica "Novo millennio ineunte": es necesario que la Iglesia reme "mar adentro" en el nuevo milenio, recomenzando por la contemplación del rostro de Cristo».
«Deseo encomendar a la oración del Rosario una vez más la gran causa de la paz --dijo por tanto--. Estamos ante una situación internacional llena de tensiones, en ocasiones incandescentes».
«En algunos puntos del mundo, en los que el enfrentamiento es más fuerte --pienso en particular en la martirizada tierra de Cristo-- se puede constatar que de poco sirven los intentos de la política --siempre necesarios--, si los ánimos permanecen exacerbados y no son capaces de una nueva mirada de corazón para retomar con esperanza el diálogo», constató el sucesor de Pedro.
«Ahora bien, ¿quién puede infundir estos sentimientos? ¿No es acaso Dios? --preguntó--. Es más necesario que nunca que se eleve a Él desde todo el mundo la invocación por la paz».
«Precisamente en esta perspectiva, el Rosario se revela una oración particularmente indicada --recalcó--. Construye la paz, pues al mismo tiempo que hace un llamamiento a la gracia de Dios, siembra también en quien lo reza esa semilla de bien, de la que se pueden esperar los frutos de justicia y de solidaridad en el vida personal y comunitaria».
Y concluyó diciendo: «¡Cuánta paz se aseguraría en las relaciones familiares, si se retomara el rezo del Santo Rosario en familia!».
ZS02092904
Carta Testimonio de una Usuaria del Rosario
Ventajas del Rosario Luminoso
- Cuando
me veo forzada a interrumpir el rezo del Rosario puedo regresar al punto (cuenta)
en que me quedé porque me lo indica fácilmente.
- Cuando
quiero rezarlo mientras guío no se me enreda en el guía.
- Al
ponerlo en un lindo cordoncillo satinado al cuello me deja las manos libres
para guiar.
- Cuando
lo rezo al final del día y estoy cansada, las lucecitas encendidas me
mantienen más atenta a lo que hago y digo. Cada lucecita encendida es como
un refuerzo positivo que me lleva a terminarlo.
- De
noche, o de madrugada, en la obscuridad y en el silencio de la casa, da
alegría verlo encenderse gradualmente mientras voy avanzando en los
misterios que medito.
- Cuando
los demás lo ven y te preguntan qué es, me da la oportunidad de hablar de
Cristo y de María y los misterios de sus vidas.
- Los
niños lo aprenden a rezar más ligero porque el mismo Rosario les estimula
a querer seguir hasta verlo todo encendido.
- El
mismo misterio de su construcción y funcionamiento hace a uno darle gracias
a Dios por haber dado a un ser humano la creatividad e inteligencia de
inventarlo. Dios se sigue manifestando en medio de su pueblo como El quiere
y hay siempre alguien dispuesto a escucharlo y trabajar las ideas que a El
le dan gloria.
Gracias,
Manuel por tu afán en facilitarnos cumplir con la petición que nos han hecho
María y Juan Pablo II.
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Información del Rosario
El Santo Rosario
el rosario
El
Rosario de la Virgen María
La carta
apostólica ROSARIUM VIRGINIS MARIAE de Juan Pablo II, es una instrucción sobre
la riqueza espiritual del Santo Rosario, el modo de recitarlo y la incorporación
de los Misterios de la Luz que consideran la vida pública de nuestro Señor
Jesucristo.
CARTA
APOSTÓLICA
ROSARIUM VIRGINIS MARIAE
DEL SUMO PONTÍFICE JUAN PABLO II
AL EPISCOPADO, AL CLERO Y A LOS FIELES
SOBRE EL SANTO ROSARIO
INTRODUCCIÓN
1. El Rosario de la Virgen María, difundido gradualmente en el segundo Milenio
bajo el soplo del Espíritu de Dios, es una oración apreciada por numerosos
Santos y fomentada por el Magisterio. En su sencillez y profundidad, sigue
siendo también en este tercer Milenio apenas iniciado una oración de gran
significado, destinada a producir frutos de santidad. Se encuadra bien en el
camino espiritual de un cristianismo que, después de dos mil años, no ha
perdido nada de la novedad de los orígenes, y se siente empujado por el Espíritu
de Dios a «remar mar adentro» (duc in altum!), para anunciar, más aún,
"proclamar" a Cristo al mundo como Señor y Salvador, «el Camino, la
Verdad y la Vida» (Jn14, 6), el «fin de la historia humana, el punto en el que
convergen los deseos de la historia y de la civilización».1
El Rosario, en efecto, aunque se distingue por su carácter mariano, es una
oración centrada en la cristología. En la sobriedad de sus partes, concentra
en sí la profundidad de todo el mensaje evangélico, del cual es como un
compendio.2 En él resuena la oración de María, su perenne Magnificat por la
obra de la Encarnación redentora en su seno virginal. Con él, el pueblo
cristiano aprende de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a
experimentar la profundidad de su amor. Mediante el Rosario, el creyente obtiene
abundantes gracias, como recibiéndolas de las mismas manos de la Madre del
Redentor.
Los Romanos Pontífices y el Rosario
2. A esta oración le han atribuido gran importancia muchos de mis Predecesores.
Un mérito particular a este respecto corresponde a León XIII que, el 1 de
septiembre de 1883, promulgó la Encíclica Supremi apostolatus officio,3
importante declaración con la cual inauguró otras muchas intervenciones sobre
esta oración, indicándola como instrumento espiritual eficaz ante los males de
la sociedad. Entre los Papas más recientes que, en la época conciliar, se han
distinguido por la promoción del Rosario, deseo recordar al Beato Juan XXIII4
y, sobre todo, a PabloVI, que en la Exhortación apostólica Marialis cultus, en
consonancia con la inspiración del Concilio Vaticano II, subrayó el carácter
evangélico del Rosario y su orientación cristológica.
Yo mismo, después, no he dejado pasar ocasión de exhortar a rezar con
frecuencia el Rosario. Esta oración ha tenido un puesto importante en mi vida
espiritual desde mis años jóvenes. Me lo ha recordado mucho mi reciente viaje
a Polonia, especialmente la visita al Santuario de Kalwaria. El Rosario me ha
acompañado en los momentos de alegría y en los de tribulación. A él he
confiado tantas preocupaciones y en él siempre he encontrado consuelo. Hace
veinticuatro años, el 29 de octubre de 1978, dos semanas después de la elección
a la Sede de Pedro, como abriendo mi alma, me expresé así: «El Rosario es mi
oración predilecta. ¡Plegaria maravillosa! Maravillosa en su sencillez y en su
profundidad. [...] Se puede decir que el Rosario es, en cierto modo, un
comentario-oración sobre el capítulo final de la Constitución Lumen gentium
del Vaticano II, capítulo que trata de la presencia admirable de la Madre de
Dios en el misterio de Cristo y de la Iglesia. En efecto, con el trasfondo de
las Avemarías pasan ante los ojos del alma los episodios principales de la vida
de Jesucristo. El Rosario en su conjunto consta de misterios gozosos, dolorosos
y gloriosos, y nos ponen en comunión vital con Jesús a través –podríamos
decir– del Corazón de su Madre. Al mismo tiempo nuestro corazón puede
incluir en estas decenas del Rosario todos los hechos que entraman la vida del
individuo, la familia, la nación, la Iglesia y la humanidad. Experiencias
personales o del prójimo, sobre todo de las personas más cercanas o que
llevamos más en el corazón. De este modo la sencilla plegaria del Rosario
sintoniza con el ritmo de la vida humana ».5
Con estas palabras, mis queridos Hermanos y Hermanas, introducía mi primer año
de Pontificado en el ritmo cotidiano del Rosario. Hoy, al inicio del vigésimo
quinto año de servicio como Sucesor de Pedro, quiero hacer lo mismo. Cuántas
gracias he recibido de la Santísima Virgen a través del Rosario en estos años:
Magnificat anima mea Dominum! Deseo elevar mi agradecimiento al Señor con las
palabras de su Madre Santísima, bajo cuya protección he puesto mi ministerio
petrino: Totus tuus!
Octubre 2002 - Octubre 2003: Año del Rosario
3. Por eso, de acuerdo con las consideraciones hechas en la Carta apostólica
Novo millennio ineunte, en la que, después de la experiencia jubilar, he
invitado al Pueblo de Dios « a caminar desde Cristo »,6 he sentido la
necesidad de desarrollar una reflexión sobre el Rosario, en cierto modo como
coronación mariana de dicha Carta apostólica, para exhortar a la contemplación
del rostro de Cristo en compañía y a ejemplo de su Santísima Madre. Recitar
el Rosario, en efecto, es en realidad contemplar con María el rostro de Cristo.
Para dar mayor realce a esta invitación, con ocasión del próximo ciento
veinte aniversario de la mencionada Encíclica de León XIII, deseo que a lo
largo del año se proponga y valore de manera particular esta oración en las
diversas comunidades cristianas. Proclamo, por tanto, el año que va de este
octubre a octubre de 2003 Año del Rosario.
Dejo esta indicación pastoral a la iniciativa de cada comunidad eclesial. Con
ella no quiero obstaculizar, sino más bien integrar y consolidar los planes
pastorales de las Iglesias particulares. Confío que sea acogida con prontitud y
generosidad. El Rosario, comprendido en su pleno significado, conduce al corazón
mismo del vida cristiana y ofrece una oportunidad ordinaria y fecunda espiritual
y pedagógica, para la contemplación personal, la formación del Pueblo de Dios
y la nueva evangelización. Me es grato reiterarlo recordando con gozo también
otro aniversario: los 40 años del comienzo del Concilio Ecuménico Vaticano II
(11 de octubre de 1962), el «gran don de gracia» dispensada por el espíritu
de Dios a la Iglesia de nuestro tiempo.7
Objeciones al Rosario
4. La oportunidad de esta iniciativa se basa en diversas consideraciones. La
primera se refiere a la urgencia de afrontar una cierta crisis de esta oración
que, en el actual contexto histórico y teológico, corre el riesgo de ser
infravalorada injustamente y, por tanto, poco propuesta a las nuevas
generaciones. Hay quien piensa que la centralidad de la Liturgia, acertadamente
subrayada por el Concilio Ecuménico Vaticano II, tenga necesariamente como
consecuencia una disminución de la importancia del Rosario. En realidad, como
puntualizó Pablo VI, esta oración no sólo no se opone a la Liturgia, sino que
le da soporte, ya que la introduce y la recuerda, ayudando a vivirla con plena
participación interior, recogiendo así sus frutos en la vida cotidiana.
Quizás hay también quien teme que pueda resultar poco ecuménica por su carácter
marcadamente mariano. En realidad, se coloca en el más límpido horizonte del
culto a la Madre de Dios, tal como el Concilio ha establecido: un culto
orientado al centro cristológico de la fe cristiana, de modo que «mientras es
honrada la Madre, el Hijo sea debidamente conocido, amado, glorificado».8
Comprendido adecuadamente, el Rosario es una ayuda, no un obstáculo para el
ecumenismo.
Vía de contemplación.
5. Pero el motivo más importante para volver a proponer con determinación la
práctica del Rosario es por ser un medio sumamente válido para favorecer en
los fieles la exigencia de contemplación del misterio cristiano, que he
propuesto en la Carta Apostólica Novo millennio ineunte como verdadera y propia
"pedagogía de la santidad": «es necesario un cristianismo que se
distinga ante todo en el arte de la oración».9 Mientras en la cultura
contemporánea, incluso entre tantas contradicciones, aflora una nueva exigencia
de espiritualidad, impulsada también por influjo de otras religiones, es más
urgente que nunca que nuestras comunidades cristianas se conviertan en «auténticas
escuelas de oración».10
El Rosario forma parte de la mejor y más reconocida tradición de la
contemplación cristiana. Iniciado en Occidente, es una oración típicamente
meditativa y se corresponde de algún modo con la «oración del corazón», u
«oración de Jesús», surgida sobre el humus del Oriente cristiano.
Oración por la paz y por la familia
6. Algunas circunstancias históricas ayudan a dar un nuevo impulso a la
propagación del Rosario. Ante todo, la urgencia de implorar de Dios el don de
la paz. El Rosario ha sido propuesto muchas veces por mis Predecesores y por mí
mismo como oración por la paz. Al inicio de un milenio que se ha abierto con
las horrorosas escenas del atentado del 11 de septiembre de 2001 y que ve cada día
en muchas partes del mundo nuevos episodios de sangre y violencia, promover el
Rosario significa sumirse en la contemplación del misterio de Aquél que «es
nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los
separaba, la enemistad» (Ef 2, 14). No se puede, pues, recitar el Rosario sin
sentirse implicados en un compromiso concreto de servir a la paz, con una
particular atención a la tierra de Jesús, aún ahora tan atormentada y tan
querida por el corazón cristiano.
Otro ámbito crucial de nuestro tiempo, que requiere una urgente atención y
oración, es el de la familia, célula de la sociedad, amenazada cada vez más
por fuerzas disgregadoras, tanto de índole ideológica como práctica, que
hacen temer por el futuro de esta fundamental e irrenunciable institución y,
con ella, por el destino de toda la sociedad. En el marco de una pastoral
familiar más amplia, fomentar el Rosario en las familias cristianas es una
ayuda eficaz para contrastar los efectos desoladores de esta crisis actual.
« ¡Ahí tienes a tu madre! » (Jn 19, 27)
7. Numerosos signos muestran cómo la Santísima Virgen ejerce también hoy,
precisamente a través de esta oración, aquella solicitud materna para con
todos los hijos de la Iglesia que el Redentor, poco antes de morir, le confió
en la persona del discípulo predilecto: «¡Mujer, ahí tienes a tu hijo!» (Jn
19, 26). Son conocidas las distintas circunstancias en las que la Madre de
Cristo, entre el siglo XIX y XX, ha hecho de algún modo notar su presencia y su
voz para exhortar al Pueblo de Dios a recurrir a esta forma de oración
contemplativa. Deseo en particular recordar, por la incisiva influencia que
conservan en el vida de los cristianos y por el acreditado reconocimiento
recibido de la Iglesia, las apariciones de Lourdes y Fátima,11 cuyos Santuarios
son meta de numerosos peregrinos, en busca de consuelo y de esperanza.
Tras las huellas de los testigos
8. Sería imposible citar la multitud innumerable de Santos que han encontrado
en el Rosario un auténtico camino de santificación. Bastará con recordar a
san Luis María Grignion de Montfort, autor de un preciosa obra sobre el
Rosario12 y, más cercano a nosotros, al Padre Pío de Pietrelcina, que
recientemente he tenido la alegría de canonizar. Un especial carisma como
verdadero apóstol del Rosario tuvo también el Beato Bartolomé Longo. Su
camino de santidad se apoya sobre una inspiración sentida en lo más hondo de
su corazón: « ¡Quien propaga el Rosario se salva! ».13 Basándose en ello,
se sintió llamado a construir en Pompeya un templo dedicado a la Virgen del
Santo Rosario colindante con los restos de la antigua ciudad, apenas
influenciada por el anuncio cristiano antes de quedar cubierta por la erupción
del Vesuvio en el año 79 y rescatada de sus cenizas siglos después, como
testimonio de las luces y las sombras de la civilización clásica.
Con toda su obra y, en particular, a través de los «Quince Sábados»,
Bartolomé Longo desarrolló el meollo cristológico y contemplativo del
Rosario, que ha contado con un particular aliento y apoyo en León XIII, el «Papa
del Rosario».
CAPÍTULO I
CONTEMPLAR A CRISTO CON MARÍA
Un rostro brillante como el sol
9. «Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol»
(Mt 17, 2). La escena evangélica de la transfiguración de Cristo, en la que
los tres apóstoles Pedro, Santiago y Juan aparecen como extasiados por la
belleza del Redentor, puede ser considerada como icono de la contemplación
cristiana. Fijar los ojos en el rostro de Cristo, descubrir su misterio en el
camino ordinario y doloroso de su humanidad, hasta percibir su fulgor divino
manifestado definitivamente en el Resucitado glorificado a la derecha del Padre,
es la tarea de todos los discípulos de Cristo; por lo tanto, es también la
nuestra. Contemplando este rostro nos disponemos a acoger el misterio de la vida
trinitaria, para experimentar de nuevo el amor del Padre y gozar de la alegría
del Espíritu Santo. Se realiza así también en nosotros la palabra de san
Pablo: «Reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos
transformando en esa misma imagen cada vez más: así es como actúa el Señor,
que es Espíritu» (2 Co 3, 18).
María modelo de contemplación
10. La contemplación de Cristo tiene en María su modelo insuperable. El rostro
del Hijo le pertenece de un modo especial. Ha sido en su vientre donde se ha
formado, tomando también de Ella una semejanza humana que evoca una intimidad
espiritual ciertamente más grande aún. Nadie se ha dedicado con la asiduidad
de María a la contemplación del rostro de Cristo. Los ojos de su corazón se
concentran de algún modo en Él ya en la Anunciación, cuando lo concibe por
obra del Espíritu Santo; en los meses sucesivos empieza a sentir su presencia y
a imaginar sus rasgos. Cuando por fin lo da a luz en Belén, sus ojos se vuelven
también tiernamente sobre el rostro del Hijo, cuando lo «envolvió en pañales
y le acostó en un pesebre» (Lc 2, 7).
Desde entonces su mirada, siempre llena de adoración y asombro, no se apartará
jamás de Él. Será a veces una mirada interrogadora, como en el episodio de su
extravío en el templo: « Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? » (Lc 2, 48);
será en todo caso una mirada penetrante, capaz de leer en lo íntimo de Jesús,
hasta percibir sus sentimientos escondidos y presentir sus decisiones, como en
Caná (cf. Jn 2, 5); otras veces será una mirada dolorida, sobre todo bajo la
cruz, donde todavía será, en cierto sentido, la mirada de la "parturienta",
ya que María no se limitará a compartir la pasión y la muerte del Unigénito,
sino que acogerá al nuevo hijo en el discípulo predilecto confiado a Ella (cf.
Jn 19, 26-27); en la mañana de Pascua será una mirada radiante por la alegría
de la resurrección y, por fin, una mirada ardorosa por la efusión del Espíritu
en el día de Pentecostés (cf. Hch 1, 14).
Los recuerdos de María
11. María vive mirando a Cristo y tiene en cuenta cada una de sus palabras: «
Guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón » (Lc 2, 19; cf. 2,
51). Los recuerdos de Jesús, impresos en su alma, la han acompañado en todo
momento, llevándola a recorrer con el pensamiento los distintos episodios de su
vida junto al Hijo. Han sido aquellos recuerdos los que han constituido, en
cierto sentido, el "rosario" que Ella ha recitado constantemente en
los días de su vida terrenal.
Y también ahora, entre los cantos de alegría de la Jerusalén celestial,
permanecen intactos los motivos de su acción de gracias y su alabanza. Ellos
inspiran su materna solicitud hacia la Iglesia peregrina, en la que sigue
desarrollando la trama de su "papel" de evangelizadora. María propone
continuamente a los creyentes los "misterios" de su Hijo, con el deseo
de que sean contemplados, para que puedan derramar toda su fuerza salvadora.
Cuando recita el Rosario, la comunidad cristiana está en sintonía con el
recuerdo y con la mirada de María.
El Rosario, oración contemplativa
12. El Rosario, precisamente a partir de la experiencia de María, es una oración
marcadamente contemplativa. Sin esta dimensión, se desnaturalizaría, como
subrayó Pablo VI: «Sin contemplación, el Rosario es un cuerpo sin alma y su
rezo corre el peligro de convertirse en mecánica repetición de fórmulas y de
contradecir la advertencia de Jesús: "Cuando oréis, no seáis charlatanes
como los paganos, que creen ser escuchados en virtud de su locuacidad" (Mt
6, 7). Por su naturaleza el rezo del Rosario exige un ritmo tranquilo y un
reflexivo remanso, que favorezca en quien ora la meditación de los misterios de
la vida del Señor, vistos a través del corazón de Aquella que estuvo más
cerca del Señor, y que desvelen su insondable riqueza».14
Es necesario detenernos en este profundo pensamiento de Pablo VI para poner de
relieve algunas dimensiones del Rosario que definen mejor su carácter de
contemplación cristológica.
Recordar a Cristo con María
13. La contemplación de María es ante todo un recordar. Conviene sin embargo
entender esta palabra en el sentido bíblico de la memoria (zakar), que
actualiza las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación. La
Biblia es narración de acontecimientos salvíficos, que tienen su culmen en el
propio Cristo. Estos acontecimientos no son solamente un "ayer"; son
también el "hoy" de la salvación. Esta actualización se realiza en
particular en la Liturgia: lo que Dios ha llevado a cabo hace siglos no
concierne solamente a los testigos directos de los acontecimientos, sino que
alcanza con su gracia a los hombres de cada época. Esto vale también, en
cierto modo, para toda consideración piadosa de aquellos acontecimientos: «hacer
memoria» de ellos en actitud de fe y amor significa abrirse a la gracia que
Cristo nos ha alcanzado con sus misterios de vida, muerte y resurrección.
Por esto, mientras se reafirma con el Concilio Vaticano II que la Liturgia, como
ejercicio del oficio sacerdotal de Cristo y culto público, es «la cumbre a la
que tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana
toda su fuerza»,15 también es necesario recordar que la vida espiritual « no
se agota sólo con la participación en la sagrada Liturgia. El cristiano,
llamado a orar en común, debe no obstante, entrar también en su interior para
orar al Padre, que ve en lo escondido (cf. Mt 6, 6); más aún: según enseña
el Apóstol, debe orar sin interrupción (cf. 1 Ts 5, 17) ».16 El Rosario, con
su carácter específico, pertenece a este variado panorama de la oración
"incesante", y si la Liturgia, acción de Cristo y de la Iglesia, es
acción salvífica por excelencia, el Rosario, en cuanto meditación sobre
Cristo con María, es contemplación saludable. En efecto, penetrando, de
misterio en misterio, en la vida del Redentor, hace que cuanto Él ha realizado
y la Liturgia actualiza sea asimilado profundamente y forje la propia existencia.
Comprender a Cristo desde María
14. Cristo es el Maestro por excelencia, el revelador y la revelación. No se
trata sólo de comprender las cosas que Él ha enseñado, sino de "comprenderle
a Él". Pero en esto, ¿qué maestra más experta que María? Si en el ámbito
divino el Espíritu es el Maestro interior que nos lleva a la plena verdad de
Cristo (cf. Jn 14, 26; 15, 26; 16, 13), entre las criaturas nadie mejor que Ella
conoce a Cristo, nadie como su Madre puede introducirnos en un conocimiento
profundo de su misterio.
El primero de los "signos" llevado a cabo por Jesús –la
transformación del agua en vino en las bodas de Caná– nos muestra a María
precisamente como maestra, mientras exhorta a los criados a ejecutar las
disposiciones de Cristo (cf. Jn 2, 5). Y podemos imaginar que ha desempeñado
esta función con los discípulos después de la Ascensión de Jesús, cuando se
quedó con ellos esperando el Espíritu Santo y los confortó en la primera misión.
Recorrer con María las escenas del Rosario es como ir a la "escuela"
de María para leer a Cristo, para penetrar sus secretos, para entender su
mensaje.
Una escuela, la de María, mucho más eficaz, si se piensa que Ella la ejerce
consiguiéndonos abundantes dones del Espíritu Santo y proponiéndonos, al
mismo tiempo, el ejemplo de aquella «peregrinación de la fe»,17 en la cual es
maestra incomparable. Ante cada misterio del Hijo, Ella nos invita, como en su
Anunciación, a presentar con humildad los interrogantes que conducen a la luz,
para concluir siempre con la obediencia de la fe: « He aquí la esclava del Señor,
hágase en mí según tu palabra » (Lc 1, 38).
Configurarse a Cristo con María
15. La espiritualidad cristiana tiene como característica el deber del discípulo
de configurarse cada vez más plenamente con su Maestro (cf. Rm 8, 29; Flp 3,
10. 21). La efusión del Espíritu en el Bautismo une al creyente como el
sarmiento a la vid, que es Cristo (cf. Jn 15, 5), lo hace miembro de su Cuerpo místico
(cf. 1 Co 12, 12; Rm 12, 5). A esta unidad inicial, sin embargo, ha de
corresponder un camino de adhesión creciente a Él, que oriente cada vez más
el comportamiento del discípulo según la "lógica" de Cristo: «Tened
entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo» (Flp 2, 5). Hace falta, según
las palabras del Apóstol, «revestirse de Cristo» (cf. Rm 13, 14; Ga 3, 27).
En el recorrido espiritual del Rosario, basado en la contemplación incesante
del rostro de Cristo –en compañía de María– este exigente ideal de
configuración con Él se consigue a través de una asiduidad que pudiéramos
decir "amistosa".
Ésta nos introduce de modo natural en la vida de Cristo y nos hace como "respirar"
sus sentimientos. Acerca de esto dice el Beato Bartolomé Longo: «Como dos
amigos, frecuentándose, suelen parecerse también en las costumbres, así
nosotros, conversando familiarmente con Jesús y la Virgen, al meditar los
Misterios del Rosario, y formando juntos una misma vida de comunión, podemos
llegar a ser, en la medida de nuestra pequeñez, parecidos a ellos, y aprender
de estos eminentes ejemplos el vivir humilde, pobre, escondido, paciente y
perfecto».18
Además, mediante este proceso de configuración con Cristo, en el Rosario nos
encomendamos en particular a la acción materna de la Virgen Santa. Ella, que es
la madre de Cristo y a la vez miembro de la Iglesia como «miembro supereminente
y completamente singular»,19 es al mismo tiempo "Madre de la Iglesia".
Como tal "engendra" continuamente hijos para el Cuerpo místico del
Hijo. Lo hace mediante su intercesión, implorando para ellos la efusión
inagotable del Espíritu. Ella es el icono perfecto de la maternidad de la
Iglesia.
El Rosario nos transporta místicamente junto a María, dedicada a seguir el
crecimiento humano de Cristo en la casa de Nazaret. Eso le permite educarnos y
modelarnos con la misma diligencia, hasta que Cristo «sea formado» plenamente
en nosotros (cf. Ga 4, 19). Esta acción de María, basada totalmente en la de
Cristo y subordinada radicalmente a ella, «favorece, y de ninguna manera impide,
la unión inmediata de los creyentes con Cristo».20 Es el principio iluminador
expresado por el Concilio Vaticano II, que tan intensamente he experimentado en
mi vida, haciendo de él la base de mi lema episcopal: Totus tuus.21 Un lema,
como es sabido, inspirado en la doctrina de san Luis María Grignion de Montfort,
que explicó así el papel de María en el proceso de configuración de cada uno
de nosotros con Cristo: «Como quiera que toda nuestra perfección consiste en
el ser conformes, unidos y consagrados a Jesucristo, la más perfecta de la
devociones es, sin duda alguna, la que nos conforma, nos une y nos consagra lo más
perfectamente posible a Jesucristo. Ahora bien, siendo María, de todas las
criaturas, la más conforme a Jesucristo, se sigue que, de todas las devociones,
la que más consagra y conforma un alma a Jesucristo es la devoción a María,
su Santísima Madre, y que cuanto más consagrada esté un alma a la Santísima
Virgen, tanto más lo estará a Jesucristo».22 De verdad, en el Rosario el
camino de Cristo y el de María se encuentran profundamente unidos. ¡María no
vive más que en Cristo y en función de Cristo!
Rogar a Cristo con María
16. Cristo nos ha invitado a dirigirnos a Dios con insistencia y confianza para
ser escuchados: «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá»
(Mt 7, 7). El fundamento de esta eficacia de la oración es la bondad del Padre,
pero también la mediación de Cristo ante Él (cf. 1 Jn 2, 1) y la acción del
Espíritu Santo, que «intercede por nosotros» (Rm 8, 26-27) según los
designios de Dios. En efecto, nosotros «no sabemos cómo pedir» (Rm 8, 26) y a
veces no somos escuchados porque pedimos mal (cf. St 4, 2-3).
Para apoyar la oración, que Cristo y el Espíritu hacen brotar en nuestro corazón,
interviene María con su intercesión materna. «La oración de la Iglesia está
como apoyada en la oración de María».23 Efectivamente, si Jesús, único
Mediador, es el Camino de nuestra oración, María, pura transparencia de Él,
muestra el Camino, y «a partir de esta cooperación singular de María a la
acción del Espíritu Santo, las Iglesias han desarrollado la oración a la
santa Madre de Dios, centrándola sobre la persona de Cristo manifestada en sus
misterios».24 En las bodas de Caná, el Evangelio muestra precisamente la
eficacia de la intercesión de María, que se hace portavoz ante Jesús de las
necesidades humanas: «No tienen vino» (Jn 2, 3).
El Rosario es a la vez meditación y súplica. La plegaria insistente a la Madre
de Dios se apoya en la confianza de que su materna intercesión lo puede todo
ante el corazón del Hijo. Ella es «omnipotente por gracia», como, con audaz
expresión que debe entenderse bien, dijo en su Súplica a la Virgen el Beato
Bartolomé Longo.25 Basada en el Evangelio, ésta es una certeza que se ha ido
consolidando por experiencia propia en el pueblo cristiano. El eminente poeta
Dante la interpreta estupendamente, siguiendo a san Bernardo, cuando canta: «Mujer,
eres tan grande y tanto vales, que quien desea una gracia y no recurre a ti,
quiere que su deseo vuele sin alas».26 En el Rosario, mientras suplicamos a María,
templo del Espíritu Santo (cf. Lc 1, 35), Ella intercede por nosotros ante el
Padre que la ha llenado de gracia y ante el Hijo nacido de su seno, rogando con
nosotros y por nosotros.
Anunciar a Cristo con María
17. El Rosario es también un itinerario de anuncio y de profundización, en el
que el misterio de Cristoes presentado continuamente en los diversos aspectos de
la experiencia cristiana. Es una presentación orante y contemplativa, que trata
de modelar al cristiano según el corazón de Cristo. Efectivamente, si en el
rezo del Rosario se valoran adecuadamente todos sus elementos para una meditación
eficaz, se da, especialmente en la celebración comunitaria en las parroquias y
los santuarios, una significativa oportunidad catequética que los Pastores
deben saber aprovechar. La Virgen del Rosario continúa también de este modo su
obra de anunciar a Cristo. La historia del Rosario muestra cómo esta oración
ha sido utilizada especialmente por los Dominicos, en un momento difícil para
la Iglesia a causa de la difusión de la herejía. Hoy estamos ante nuevos desafíos.
¿Por qué no volver a tomar en la mano las cuentas del rosario con la fe de
quienes nos han precedido? El Rosario conserva toda su fuerza y sigue siendo un
recurso importante en el bagaje pastoral de todo buen evangelizador.
CAPÍTULO II
MISTERIOS DE CRISTO, MISTERIOS DE LA MADRE
El Rosario «compendio del Evangelio»
18. A la contemplación del rostro de Cristo sólo se llega escuchando, en el
Espíritu, la voz del Padre, pues «nadie conoce bien al Hijo sino el Padre»
(Mt 11, 27). Cerca de Cesarea de Felipe, ante la confesión de Pedro, Jesús
puntualiza de dónde proviene esta clara intuición sobre su identidad: «No te
ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos»
(Mt 16, 17). Así pues, es necesaria la revelación de lo alto. Pero, para
acogerla, es indispensable ponerse a la escucha: «Sólo la experiencia del
silencio y de la oración ofrece el horizonte adecuado en el que puede madurar y
desarrollarse el conocimiento más auténtico, fiel y coherente, de aquel
misterio».27
El Rosario es una de las modalidades tradicionales de la oración cristiana
orientada a la contemplación del rostro de Cristo. Así lo describía el Papa
Pablo VI: « Oración evangélica centrada en el misterio de la Encarnación
redentora, el Rosario es, pues, oración de orientación profundamente cristológica.
En efecto, su elemento más característico –la repetición litánica del
"Dios te salve, María"– se convierte también en alabanza constante
a Cristo, término último del anuncio del Ángel y del saludo de la Madre del
Bautista: "Bendito el fruto de tu seno" (Lc 1,42). Diremos más: la
repetición del Ave Maria constituye el tejido sobre el cual se desarrolla la
contemplación de los misterios: el Jesús que toda Ave María recuerda es el
mismo que la sucesión de los misterios nos propone una y otra vez como Hijo de
Dios y de la Virgen».28
Una incorporación oportuna
19. De los muchos misterios de la vida de Cristo, el Rosario, tal como se ha
consolidado en la práctica más común corroborada por la autoridad eclesial, sólo
considera algunos. Dicha selección proviene del contexto original de esta oración,
que se organizó teniendo en cuenta el número 150, que es el mismo de los
Salmos.
No obstante, para resaltar el carácter cristológico del Rosario, considero
oportuna una incorporación que, si bien se deja a la libre consideración de
los individuos y de la comunidad, les permita contemplar también los misterios
de la vida pública de Cristo desde el Bautismo a la Pasión. En efecto, en
estos misterios contemplamos aspectos importantes de la persona de Cristo como
revelador definitivo de Dios. Él es quien, declarado Hijo predilecto del Padre
en el Bautismo en el Jordán, anuncia la llegada del Reino, dando testimonio de
él con sus obras y proclamando sus exigencias. Durante la vida pública es
cuando el misterio de Cristo se manifiesta de manera especial como misterio de
luz: «Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo» (Jn 9, 5).
Para que pueda decirse que el Rosario es más plenamente "compendio del
Evangelio", es conveniente pues que, tras haber recordado la encarnación y
la vida oculta de Cristo (misterios de gozo), y antes de considerar los
sufrimientos de la pasión (misterios de dolor) y el triunfo de la resurrección
(misterios de gloria), la meditación se centre también en algunos momentos
particularmente significativos de la vida pública (misterios de luz). Esta
incorporación de nuevos misterios, sin prejuzgar ningún aspecto esencial de la
estructura tradicional de esta oración, se orienta a hacerla vivir con renovado
interés en la espiritualidad cristiana, como verdadera introducción a la
profundidad del Corazón de Cristo, abismo de gozo y de luz, de dolor y de
gloria.
Misterios de gozo
20. El primer ciclo, el de los «misterios gozosos», se caracteriza
efectivamente por el gozo que produce el acontecimiento de la encarnación. Esto
es evidente desde la anunciación, cuando el saludo de Gabriel a la Virgen de
Nazaret se une a la invitación a la alegría mesiánica: «Alégrate, María».
A este anuncio apunta toda la historia de la salvación, es más, en cierto modo,
la historia misma del mundo. En efecto, si el designio del Padre es de
recapitular en Cristo todas las cosas (cf. Ef 1, 10), el don divino con el que
el Padre se acerca a María para hacerla Madre de su Hijo alcanza a todo el
universo. A su vez, toda la humanidad está como implicada en el fiat con el que
Ella responde prontamente a la voluntad de Dios.
El regocijo se percibe en la escena del encuentro con Isabel, dónde la voz
misma de María y la presencia de Cristo en su seno hacen «saltar de alegría»
a Juan (cf. Lc 1, 44). Repleta de gozo es la escena de Belén, donde el
nacimiento del divino Niño, el Salvador del mundo, es cantado por los ángeles
y anunciado a los pastores como «una gran alegría» (Lc 2, 10).
Pero ya los dos últimos misterios, aun conservando el sabor de la alegría,
anticipan indicios del drama. En efecto, la presentación en el templo, a la vez
que expresa la dicha de la consagración y extasía al viejo Simeón, contiene
también la profecía de que el Niño será «señal de contradicción» para
Israel y de que una espada traspasará el alma de la Madre (cf. Lc 2, 34-35).
Gozoso y dramático al mismo tiempo es también el episodio de Jesús de 12 años
en el templo. Aparece con su sabiduría divina mientras escucha y pregunta, y
ejerciendo sustancialmente el papel de quien "enseña". La revelación
de su misterio de Hijo, dedicado enteramente a las cosas del Padre, anuncia
aquella radicalidad evangélica que, ante las exigencias absolutas del Reino,
cuestiona hasta los más profundos lazos de afecto humano. José y María mismos,
sobresaltados y angustiados, «no comprendieron» sus palabras (Lc 2, 50).
De este modo, meditar los misterios «gozosos» significa adentrarse en los
motivos últimos de la alegría cristiana y en su sentido más profundo.
Significa fijar la mirada sobre lo concreto del misterio de la Encarnación y
sobre el sombrío preanuncio del misterio del dolor salvífico. María nos ayuda
a aprender el secreto de la alegría cristiana, recordándonos que el
cristianismo es ante todo evangelion, "buena noticia", que tiene su
centro o, mejor dicho, su contenido mismo, en la persona de Cristo, el Verbo
hecho carne, único Salvador del mundo.
Misterios de luz
21. Pasando de la infancia y de la vida de Nazaret a la vida pública de Jesús,
la contemplación nos lleva a los misterios que se pueden llamar de manera
especial «misterios de luz». En realidad, todo el misterio de Cristo es luz.
Él es «la luz del mundo» (Jn 8, 12). Pero esta dimensión se manifiesta sobre
todo en los años de la vida pública, cuando anuncia el evangelio del Reino.
Deseando indicar a la comunidad cristiana cinco momentos significativos –misterios
«luminosos»– de esta fase de la vida de Cristo, pienso que se pueden señalar:
1. su Bautismo en el Jordán; 2. su autorrevelación en las bodas de Caná; 3.
su anuncio del Reino de Dios invitando a la conversión; 4. su Transfiguración;
5. institución de la Eucaristía, expresión sacramental del misterio pascual.
Cada uno de estos misterios revela el Reino ya presente en la persona misma de
Jesús. Misterio de luz es ante todo el Bautismo en el Jordán. En él, mientras
Cristo, como inocente que se hace "pecado" por nosotros (cf. 2 Co 5,
21), entra en el agua del río, el cielo se abre y la voz del Padre lo proclama
Hijo predilecto (cf. Mt 3, 17 par.), y el Espíritu desciende sobre Él para
investirlo de la misión que le espera. Misterio de luz es el comienzo de los
signos en Caná (cf. Jn 2, 1-12), cuando Cristo, transformando el agua en vino,
abre el corazón de los discípulos a la fe gracias a la intervención de María,
la primera creyente. Misterio de luz es la predicación con la cual Jesús
anuncia la llegada del Reino de Dios e invita a la conversión (cf. Mc 1, 15),
perdonando los pecados de quien se acerca a Él con humilde fe (cf. Mc 2. 3-13;
Lc 47-48), iniciando así el ministerio de misericordia que Él continuará
ejerciendo hasta el fin del mundo, especialmente a través del sacramento de la
Reconciliación confiado a la Iglesia. Misterio de luz por excelencia es la
Transfiguración, que según la tradición tuvo lugar en el Monte Tabor. La
gloria de la Divinidad resplandece en el rostro de Cristo, mientras el Padre lo
acredita ante los apóstoles extasiados para que lo « escuchen » (cf. Lc 9, 35
par.) y se dispongan a vivir con Él el momento doloroso de la Pasión, a fin de
llegar con Él a la alegría de la Resurrección y a una vida transfigurada por
el Espíritu Santo. Misterio de luz es, por fin, la institución de la Eucaristía,
en la cual Cristo se hace alimento con su Cuerpo y su Sangre bajo las especies
del pan y del vino, dando testimonio de su amor por la humanidad « hasta el
extremo » (Jn13, 1) y por cuya salvación se ofrecerá en sacrificio.
Excepto en el de Caná, en estos misterios la presencia de María queda en el
trasfondo. Los Evangelios apenas insinúan su eventual presencia en algún que
otro momento de la predicación de Jesús (cf. Mc 3, 31-35; Jn 2, 12) y nada
dicen sobre su presencia en el Cenáculo en el momento de la institución de la
Eucaristía. Pero, de algún modo, el cometido que desempeña en Caná acompaña
toda la misión de Cristo. La revelación, que en el Bautismo en el Jordán
proviene directamente del Padre y ha resonado en el Bautista, aparece también
en labios de María en Caná y se convierte en su gran invitación materna
dirigida a la Iglesia de todos los tiempos: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,
5). Es una exhortación que introduce muy bien las palabras y signos de Cristo
durante su vida pública, siendo como el telón de fondo mariano de todos los «misterios
de luz».
Misterios de dolor
22. Los Evangelios dan gran relieve a los misterios del dolor de Cristo. La
piedad cristiana, especialmente en la Cuaresma, con la práctica del Via Crucis,
se ha detenido siempre sobre cada uno de los momentos de la Pasión, intuyendo
que ellos son el culmen de la revelación del amor y la fuente de nuestra
salvación. El Rosario escoge algunos momentos de la Pasión, invitando al
orante a fijar en ellos la mirada de su corazón y a revivirlos. El itinerario
meditativo se abre con Getsemaní, donde Cristo vive un momento particularmente
angustioso frente a la voluntad del Padre, contra la cual la debilidad de la
carne se sentiría inclinada a rebelarse. Allí, Cristo se pone en lugar de
todas las tentaciones de la humanidad y frente a todos los pecados de los
hombres, para decirle al Padre: «no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,
42 par.). Este «sí» suyo cambia el «no» de los progenitores en el Edén. Y
cuánto le costaría esta adhesión a la voluntad del Padre se muestra en los
misterios siguientes, en los que, con la flagelación, la coronación de espinas,
la subida al Calvario y la muerte en cruz, se ve sumido en la mayor ignominia:
Ecce homo!
En este oprobio no sólo se revela el amor de Dios, sino el sentido mismo del
hombre. Ecce homo: quien quiera conocer al hombre, ha de saber descubrir su
sentido, su raíz y su cumplimiento en Cristo, Dios que se humilla por amor «hasta
la muerte y muerte de cruz» (Flp 2, 8). Los misterios de dolor llevan el
creyente a revivir la muerte de Jesús poniéndose al pie de la cruz junto a María,
para penetrar con ella en la inmensidad del amor de Dios al hombre y sentir toda
su fuerza regeneradora.
Misterios de gloria
23. «La contemplación del rostro de Cristo no puede reducirse a su imagen de
crucificado. ¡Él es el Resucitado!».29 El Rosario ha expresado siempre esta
convicción de fe, invitando al creyente a superar la oscuridad de la Pasión
para fijarse en la gloria de Cristo en su Resurrección y en su Ascensión.
Contemplando al Resucitado, el cristiano descubre de nuevo las razones de la
propia fe (cf. 1 Co 15, 14), y revive la alegría no solamente de aquellos a los
que Cristo se manifestó –los Apóstoles, la Magdalena, los discípulos de Emaús–,
sino también el gozo de María, que experimentó de modo intenso la nueva vida
del Hijo glorificado. A esta gloria, que con la Ascensión pone a Cristo a la
derecha del Padre, sería elevada Ella misma con la Asunción, anticipando así,
por especialísimo privilegio, el destino reservado a todos los justos con la
resurrección de la carne. Al fin, coronada de gloria –como aparece en el último
misterio glorioso–, María resplandece como Reina de los Ángeles y los
Santos, anticipación y culmen de la condición escatológica del Iglesia.
En el centro de este itinerario de gloria del Hijo y de la Madre, el Rosario
considera, en el tercer misterio glorioso, Pentecostés, que muestra el rostro
de la Iglesia como una familia reunida con María, avivada por la efusión
impetuosa del Espíritu y dispuesta para la misión evangelizadora. La
contemplación de éste, como de los otros misterios gloriosos, ha de llevar a
los creyentes a tomar conciencia cada vez más viva de su nueva vida en Cristo,
en el seno de la Iglesia; una vida cuyo gran "icono" es la escena de
Pentecostés. De este modo, los misterios gloriosos alimentan en los creyentes
la esperanza en la meta escatológica, hacia la cual se encaminan como miembros
del Pueblo de Dios peregrino en la historia. Esto les impulsará necesariamente
a dar un testimonio valiente de aquel «gozoso anuncio» que da sentido a toda
su vida.
De los "misterios" al "Misterio": el camino de María
24. Los ciclos de meditaciones propuestos en el Santo Rosario no son ciertamente
exhaustivos, pero llaman la atención sobre lo esencial, preparando el ánimo
para gustar un conocimiento de Cristo, que se alimenta continuamente del
manantial puro del texto evangélico. Cada rasgo de la vida de Cristo, tal como
lo narran los Evangelistas, refleja aquel Misterio que supera todo conocimiento
(cf. Ef 3, 19). Es el Misterio del Verbo hecho carne, en el cual «reside toda
la Plenitud de la Divinidad corporalmente» (Col 2, 9). Por eso el Catecismo de
la Iglesia Católica insiste tanto en los misterios de Cristo, recordando que «todo
en la vida de Jesús es signo de su Misterio».30 El «duc in altum» de la
Iglesia en el tercer Milenio se basa en la capacidad de los cristianos de
alcanzar «en toda su riqueza la plena inteligencia y perfecto conocimiento del
Misterio de Dios, en el cual están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y
de la ciencia» (Col 2, 2-3). La Carta a los Efesios desea ardientemente a todos
los bautizados: «Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que,
arraigados y cimentados en el amor [...], podáis conocer el amor de Cristo, que
excede a todo conocimiento, para que os vayáis llenando hasta la total plenitud
de Dios» (3, 17-19).
El Rosario promueve este ideal, ofreciendo el "secreto" para abrirse más
fácilmente a un conocimiento profundo y comprometido de Cristo. Podríamos
llamarlo el camino de María. Es el camino del ejemplo de la Virgen de Nazaret,
mujer de fe, de silencio y de escucha. Es al mismo tiempo el camino de una
devoción mariana consciente de la inseparable relación que une Cristo con su
Santa Madre: los misterios de Cristo son también, en cierto sentido, los
misterios de su Madre, incluso cuando Ella no está implicada directamente, por
el hecho mismo de que Ella vive de Él y por Él. Haciendo nuestras en el Ave
Maria las palabras del ángel Gabriel y de santa Isabel, nos sentimos impulsados
a buscar siempre de nuevo en María, entre sus brazos y en su corazón, el «fruto
bendito de su vientre» (cf. Lc 1, 42).
Misterio de Cristo, "misterio" del hombre
25. En el testimonio ya citado de 1978 sobre el Rosario como mi oración
predilecta, expresé un concepto sobre el que deseo volver. Dije entonces que «
el simple rezo del Rosario marca el ritmo de la vida humana ».31
A la luz de las reflexiones hechas hasta ahora sobre los misterios de Cristo, no
es difícil profundizar en esta consideración antropológica del Rosario. Una
consideración más radical de lo que puede parecer a primera vista. Quien
contempla a Cristo recorriendo las etapas de su vida, descubre también en Él
la verdad sobre el hombre. Ésta es la gran afirmación del Concilio Vaticano
II, que tantas veces he hecho objeto de mi magisterio, a partir de la Carta Encíclica
Redemptor hominis: «Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el
misterio del Verbo Encarnado».32 El Rosario ayuda a abrirse a esta luz.
Siguiendo el camino de Cristo, el cual «recapitula» el camino del hombre,33
desvelado y redimido, el creyente se sitúa ante la imagen del verdadero hombre.
Contemplando su nacimiento aprende el carácter sagrado de la vida, mirando la
casa de Nazaret se percata de la verdad originaria de la familia según el
designio de Dios, escuchando al Maestro en los misterios de su vida pública
encuentra la luz para entrar en el Reino de Dios y, siguiendo sus pasos hacia el
Calvario, comprende el sentido del dolor salvador. Por fin, contemplando a
Cristo y a su Madre en la gloria, ve la meta a la que cada uno de nosotros está
llamado, si se deja sanar y transfigurar por el Espíritu Santo. De este modo,
se puede decir que cada misterio del Rosario, bien meditado, ilumina el misterio
del hombre.
Al mismo tiempo, resulta natural presentar en este encuentro con la santa
humanidad del Redentor tantos problemas, afanes, fatigas y proyectos que marcan
nuestra vida. «Descarga en el señor tu peso, y él te sustentará» (Sal 55,
23). Meditar con el Rosario significa poner nuestros afanes en los corazones
misericordiosos de Cristo y de su Madre. Después de largos años, recordando
los sinsabores, que no han faltado tampoco en el ejercicio del ministerio
petrino, deseo repetir, casi como una cordial invitación dirigida a todos para
que hagan de ello una experiencia personal: sí, verdaderamente el Rosario «
marca el ritmo de la vida humana », para armonizarla con el ritmo de la vida
divina, en gozosa comunión con la Santísima Trinidad, destino y anhelo de
nuestra existencia.
CAPÍTULO III
« PARA MÍ LA VIDA ES CRISTO »
El Rosario, camino de asimilación del misterio
26. El Rosario propone la meditación de los misterios de Cristo con un método
característico, adecuado para favorecer su asimilación. Se trata del método
basado en la repetición. Esto vale ante todo para el Ave Maria, que se repite
diez veces en cada misterio. Si consideramos superficialmente esta repetición,
se podría pensar que el Rosario es una práctica árida y aburrida. En cambio,
se puede hacer otra consideración sobre el rosario, si se toma como expresión
del amor que no se cansa de dirigirse hacia a la persona amada con
manifestaciones que, incluso parecidas en su expresión, son siempre nuevas
respecto al sentimiento que las inspira.
En Cristo, Dios ha asumido verdaderamente un «corazón de carne». Cristo no
solamente tiene un corazón divino, rico en misericordia y perdón, sino también
un corazón humano, capaz de todas las expresiones de afecto. A este respecto,
si necesitáramos un testimonio evangélico, no sería difícil encontrarlo en
el conmovedor diálogo de Cristo con Pedro después de la Resurrección. «Simón,
hijo de Juan, ¿me quieres?» Tres veces se le hace la pregunta, tres veces
Pedro responde: «Señor, tú lo sabes que te quiero» (cf. Jn 21, 15-17). Más
allá del sentido específico del pasaje, tan importante para la misión de
Pedro, a nadie se le escapa la belleza de esta triple repetición, en la cual la
reiterada pregunta y la respuesta se expresan en términos bien conocidos por la
experiencia universal del amor humano. Para comprender el Rosario, hace falta
entrar en la dinámica psicológica que es propia del amor.
Una cosa está clara: si la repetición del Ave Maria se dirige directamente a
María, el acto de amor, con Ella y por Ella, se dirige a Jesús. La repetición
favorece el deseo de una configuración cada vez más plena con Cristo,
verdadero "programa" de la vida cristiana. San Pablo lo ha enunciado
con palabras ardientes: «Para mí la vida es Cristo, y la muerte una ganancia»
(Flp 1, 21). Y también: «No vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Ga
2, 20). El Rosario nos ayuda a crecer en esta configuración hasta la meta de la
santidad.
Un método válido...
27. No debe extrañarnos que la relación con Cristo se sirva de la ayuda de un
método. Dios se comunica con el hombre respetando nuestra naturaleza y sus
ritmos vitales. Por esto la espiritualidad cristiana, incluso conociendo las
formas más sublimes del silencio místico, en el que todas las imágenes,
palabras y gestos son como superados por la intensidad de una unión inefable
del hombre con Dios, se caracteriza normalmente por la implicación de toda la
persona, en su compleja realidad psicofísica y relacional.
Esto aparece de modo evidente en la Liturgia. Los Sacramentos y los
Sacramentales están estructurados con una serie de ritos relacionados con las
diversas dimensiones de la persona. También la oración no litúrgica expresa
la misma exigencia. Esto se confirma por el hecho de que, en Oriente, la oración
más característica de la meditación cristológica, la que está centrada en
las palabras «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador»,34
está vinculada tradicionalmente con el ritmo de la respiración, que, mientras
favorece la perseverancia en la invocación, da como una consistencia física al
deseo de que Cristo se convierta en el aliento, el alma y el "todo" de
la vida.
... que, no obstante, se puede mejorar
28. En la Carta apostólica Novo millennio ineunte he recordado que en Occidente
existe hoy también una renovada exigencia de meditación, que encuentra a veces
en otras religiones modalidades bastante atractivas.35 Hay cristianos que, al
conocer poco la tradición contemplativa cristiana, se dejan atraer por tales
propuestas. Sin embargo, aunque éstas tengan elementos positivos y a veces
compaginables con la experiencia cristiana, a menudo esconden un fondo ideológico
inaceptable. En dichas experiencias abunda también una metodología que,
pretendiendo alcanzar una alta concentración espiritual, usa técnicas de tipo
psicofísico, repetitivas y simbólicas. El Rosario forma parte de este cuadro
universal de la fenomenología religiosa, pero tiene características propias,
que responden a las exigencias específicas de la vida cristiana.
En efecto, el Rosario es un método para contemplar. Como método, debe ser
utilizado en relación al fin y no puede ser un fin en sí mismo. Pero tampoco
debe infravalorarse, dado que es fruto de una experiencia secular. La
experiencia de innumerables Santos aboga en su favor. Lo cual no impide que
pueda ser mejorado. Precisamente a esto se orienta la incorporación, en el
ciclo de los misterios, de la nueva serie de los mysteria lucis, junto con
algunas sugerencias sobre el rezo del Rosario que propongo en esta Carta. Con
ello, aunque respetando la estructura firmemente consolidada de esta oración,
quiero ayudar a los fieles a comprenderla en sus aspectos simbólicos, en sintonía
con las exigencias de la vida cotidiana. De otro modo, existe el riesgo de que
esta oración no sólo no produzca los efectos espirituales deseados, sino que
el rosario mismo con el que suele recitarse, acabe por considerarse como un
amuleto o un objeto mágico, con una radical distorsión de su sentido y su
cometido
El enunciado del misterio
29. Enunciar el misterio, y tener tal vez la oportunidad de contemplar al mismo
tiempo una imagen que lo represente, es como abrir un escenario en el cual
concentrar la atención. Las palabras conducen la imaginación y el espíritu a
aquel determinado episodio o momento de la vida de Cristo. En la espiritualidad
que se ha desarrollado en la Iglesia, tanto a través de la veneración de imágenes
que enriquecen muchas devociones con elementos sensibles, como también del método
propuesto por san Ignacio de Loyola en los Ejercicios Espirituales, se ha
recurrido al elemento visual e imaginativo (la compositio loci) considerándolo
de gran ayuda para favorecer la concentración del espíritu en el misterio. Por
lo demás, es una metodología que se corresponde con la lógica misma de la
Encarnación: Dios ha querido asumir, en Jesús, rasgos humanos. Por medio de su
realidad corpórea, entramos en contacto con su misterio divino.
El enunciado de los varios misterios del Rosario se corresponde también con
esta exigencia de concreción. Es cierto que no sustituyen al Evangelio ni
tampoco se refieren a todas sus páginas. El Rosario, por tanto, no reemplaza la
lectio divina, sino que, por el contrario, la supone y la promueve. Pero si los
misterios considerados en el Rosario, aun con el complemento de los mysteria
lucis, se limita a las líneas fundamentales de la vida de Cristo, a partir de
ellos la atención se puede extender fácilmente al resto del Evangelio, sobre
todo cuando el Rosario se recita en momentos especiales de prolongado
recogimiento.
La escucha de la Palabra de Dios
30. Para dar fundamento bíblico y mayor profundidad a la meditación, es útil
que al enunciado del misterio siga la proclamación del pasaje bíblico
correspondiente, que puede ser más o menos largo según las circunstancias. En
efecto, otras palabras nunca tienen la eficacia de la palabra inspirada. Ésta
debe ser escuchada con la certeza de que es Palabra de Dios, pronunciada para
hoy y «para mí».
Acogida de este modo, la Palabra entra en la metodología de la repetición del
Rosario sin el aburrimiento que produciría la simple reiteración de una
información ya conocida. No, no se trata de recordar una información, sino de
dejar "hablar" a Dios. En alguna ocasión solemne y comunitaria, esta
palabra se puede ilustrar con algún breve comentario.
El silencio
31. La escucha y la meditación se alimentan del silencio. Es conveniente que,
después de enunciar el misterio y proclamar la Palabra, esperemos unos momentos
antes de iniciar la oración vocal, para fijar la atención sobre el misterio
meditado. El redescubrimiento del valor del silencio es uno de los secretos para
la práctica de la contemplación y la meditación. Uno de los límites de una
sociedad tan condicionada por la tecnología y los medios de comunicación
social es que el silencio se hace cada vez más difícil. Así como en la
Liturgia se recomienda que haya momentos de silencio, en el rezo del Rosario es
también oportuno hacer una breve pausa después de escuchar la Palabra de Dios,
concentrando el espíritu en el contenido de un determinado misterio.
El «Padrenuestro»
32. Después de haber escuchado la Palabra y centrado la atención en el
misterio, es natural que el ánimo se eleve hacia el Padre. Jesús, en cada uno
de sus misterios, nos lleva siempre al Padre, al cual Él se dirige
continuamente, porque descansa en su "seno" (cf Jn 1, 18). Él nos
quiere introducir en la intimidad del Padre para que digamos con Él: «¡Abbá,
Padre!» (Rm 8, 15; Ga 4, 6). En esta relación con el Padre nos hace hermanos
suyos y entre nosotros, comunicándonos el Espíritu, que es a la vez suyo y del
Padre. El «Padrenuestro», puesto como fundamento de la meditación cristológico-mariana
que se desarrolla mediante la repetición del Ave Maria, hace que la meditación
del misterio, aun cuando se tenga en soledad, sea una experiencia eclesial.
Las diez «Ave Maria»
33. Este es el elemento más extenso del Rosario y que a la vez lo convierte en
una oración mariana por excelencia. Pero precisamente a la luz del Ave Maria,
bien entendida, es donde se nota con claridad que el carácter mariano no se
opone al cristológico, sino que más bien lo subraya y lo exalta. En efecto, la
primera parte del Ave Maria, tomada de las palabras dirigidas a María por el ángel
Gabriel y por santa Isabel, es contemplación adorante del misterio que se
realiza en la Virgen de Nazaret. Expresan, por así decir, la admiración del
cielo y de la tierra y, en cierto sentido, dejan entrever la complacencia de
Dios mismo al ver su obra maestra –la encarnación del Hijo en el seno
virginal de María–, análogamente a la mirada de aprobación del Génesis
(cf. Gn 1, 31), aquel «pathos con el que Dios, en el alba de la creación,
contempló la obra de sus manos».36 Repetir en el Rosario el Ave Maria nos
acerca a la complacencia de Dios: es júbilo, asombro, reconocimiento del
milagro más grande de la historia. Es el cumplimiento dela profecía de María:
«Desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada» (Lc1, 48).
El centro del Ave Maria, casi como engarce entre la primera y la segunda parte,
es el nombre de Jesús. A veces, en el rezo apresurado, no se percibe este
aspecto central y tampoco la relación con el misterio de Cristo que se está
contemplando. Pero es precisamente el relieve que se da al nombre de Jesús y a
su misterio lo que caracteriza una recitación consciente y fructuosa del
Rosario. Ya Pablo VI recordó en la Exhortación apostólica Marialis cultus la
costumbre, practicada en algunas regiones, de realzar el nombre de Cristo añadiéndole
una cláusula evocadora del misterio que se está meditando.37 Es una costumbre
loable, especialmente en la plegaria pública. Expresa con intensidad la fe
cristológica, aplicada a los diversos momentos de la vida del Redentor. Es
profesión de fe y, al mismo tiempo, ayuda a mantener atenta la meditación,
permitiendo vivir la función asimiladora, innata en la repetición del Ave
Maria, respecto al misterio de Cristo. Repetir el nombre de Jesús –el único
nombre del cual podemos esperar la salvación (cf. Hch 4, 12)– junto con el de
su Madre Santísima, y como dejando que Ella misma nos lo sugiera, es un modo de
asimilación, que aspira a hacernos entrar cada vez más profundamente en la
vida de Cristo.
De la especial relación con Cristo, que hace de María la Madre de Dios, la
Theotòkos, deriva, además, la fuerza de la súplica con la que nos dirigimos a
Ella en la segunda parte de la oración, confiando a su materna intercesión
nuestra vida y la hora de nuestra muerte.
El «Gloria»
34. La doxología trinitaria es la meta de la contemplación cristiana. En
efecto, Cristo es el camino que nos conduce al Padre en el Espíritu. Si
recorremos este camino hasta el final, nos encontramos continuamente ante el
misterio de las tres Personas divinas que se han de alabar, adorar y agradecer.
Es importante que el Gloria, culmen de la contemplación, sea bien resaltado en
el Rosario. En el rezo público podría ser cantado, para dar mayor énfasis a
esta perspectiva estructural y característica de toda plegaria cristiana.
En la medida en que la meditación del misterio haya sido atenta, profunda,
fortalecida –de Ave en Ave – por el amor a Cristo y a María, la glorificación
trinitaria en cada decena, en vez de reducirse a una rápida conclusión,
adquiere su justo tono contemplativo, como para levantar el espíritu a la
altura del Paraíso y hacer revivir, de algún modo, la experiencia del Tabor,
anticipación de la contemplación futura: «Bueno es estarnos aquí» (Lc 9,
33).
La jaculatoria final
35. Habitualmente, en el rezo del Rosario, después de la doxología trinitaria
sigue una jaculatoria, que varía según las costumbres. Sin quitar valor a
tales invocaciones, parece oportuno señalar que la contemplación de los
misterios puede expresar mejor toda su fecundidad si se procura que cada
misterio concluya con una oración dirigida a alcanzar los frutos específicos
de la meditación del misterio. De este modo, el Rosario puede expresar con
mayor eficacia su relación con la vida cristiana. Lo sugiere una bella oración
litúrgica, que nos invita a pedir que, meditando los misterios del Rosario,
lleguemos a «imitar lo que contienen y a conseguir lo que prometen».38
Como ya se hace, dicha oración final puede expresarse en varias forma legítimas.
El Rosario adquiere así también una fisonomía más adecuada a las diversas
tradiciones espirituales y a las distintas comunidades cristianas. En esta
perspectiva, es de desear que se difundan, con el debido discernimiento
pastoral, las propuestas más significativas, experimentadas tal vez en centros
y santuarios marianos que cultivan particularmente la práctica del Rosario, de
modo que el Pueblo de Dios pueda acceder a toda auténtica riqueza espiritual,
encontrando así una ayuda para la propia contemplación.
El "rosario"
36. Instrumento tradicional para rezarlo es el rosario. En la práctica más
superficial, a menudo termina por ser un simple instrumento para contar la
sucesión de las Ave Maria. Pero sirve también para expresar un simbolismo, que
puede dar ulterior densidad a la contemplación.
A este propósito, lo primero que debe tenerse presente es que el rosario está
centrado en el Crucifijo, que abre y cierra el proceso mismo de la oración. En
Cristo se centra la vida y la oración de los creyentes. Todo parte de Él, todo
tiende hacia Él, todo, a través de Él, en el Espíritu Santo, llega al Padre.
En cuanto medio para contar, que marca el avanzar de la oración, el rosario
evoca el camino incesante de la contemplación y de la perfección cristiana. El
Beato Bartolomé Longo lo consideraba también como una "cadena" que
nos une a Dios. Cadena, sí, pero cadena dulce; así se manifiesta la relación
con Dios, que es Padre. Cadena "filial", que nos pone en sintonía con
María, la «sierva del Señor» (Lc 1, 38) y, en definitiva, con el propio
Cristo, que, aun siendo Dios, se hizo «siervo» por amor nuestro (Flp 2, 7).
Es también hermoso ampliar el significado simbólico del rosario a nuestra
relación recíproca, recordando de ese modo el vínculo de comunión y
fraternidad que nos une a todos en Cristo.
Inicio y conclusión
37. En la práctica corriente, hay varios modos de comenzar el Rosario, según
los diversos contextos eclesiales. En algunas regiones se suele iniciar con la
invocación del Salmo 69: «Dios mío ven en mi auxilio, Señor date prisa en
socorrerme», como para alimentar en el orante la humilde conciencia de su
propia indigencia; en otras, se comienza recitando el Credo, como haciendo de la
profesión de fe el fundamento del camino contemplativo que se emprende. Éstos
y otros modos similares, en la medida que disponen el ánimo para la contemplación,
son usos igualmente legítimos. La plegaria se concluye rezando por las
intenciones del Papa, para elevar la mirada de quien reza hacia el vasto
horizonte de las necesidades eclesiales. Precisamente para fomentar esta
proyección eclesial del Rosario, la Iglesia ha querido enriquecerlo con santas
indulgencias para quien lo recita con las debidas disposiciones.
En efecto, si se hace así, el Rosario es realmente un itinerario espiritual en
el que María se hace madre, maestra, guía, y sostiene al fiel con su poderosa
intercesión. ¿Cómo asombrarse, pues, si al final de esta oración en la cual
se ha experimentado íntimamente la maternidad de María, el espíritu siente
necesidad de dedicar una alabanza a la Santísima Virgen, bien con la espléndida
oración de la Salve Regina, bien con las Letanías lauretanas? Es como coronar
un camino interior, que ha llevado al fiel al contacto vivo con el misterio de
Cristo y de su Madre Santísima.
La distribución en el tiempo
38. El Rosario puede recitarse entero cada día, y hay quienes así lo hacen de
manera laudable. De ese modo, el Rosario impregna de oración los días de
muchos contemplativos, o sirve de compañía a enfermos y ancianos que tienen
mucho tiempo disponible. Pero es obvio –y eso vale, con mayor razón, si se añade
el nuevo ciclo de los mysteria lucis– que muchos no podrán recitar más que
una parte, según un determinado orden semanal. Esta distribución semanal da a
los días de la semana un cierto "color" espiritual, análogamente a
lo que hace la Liturgia con las diversas fases del año litúrgico.
Según la praxis corriente, el lunes y el jueves están dedicados a los «misterios
gozosos», el martes y el viernes a los «dolorosos», el miércoles, el sábado
y el domingo a los «gloriosos». ¿Dónde introducir los «misterios de la luz»?
Considerando que los misterios gloriosos se proponen seguidos el sábado y el
domingo, y que el sábado es tradicionalmente un día de marcado carácter
mariano, parece aconsejable trasladar al sábado la segunda meditación semanal
de los misterios gozosos, en los cuales la presencia de María es más destacada.
Queda así libre el jueves para la meditación de los misterios de la luz.
No obstante, esta indicación no pretende limitar una conveniente libertad en la
meditación personal y comunitaria, según las exigencias espirituales y
pastorales y, sobre todo, las coincidencias litúrgicas que pueden sugerir
oportunas adaptaciones. Lo verdaderamente importante es que el Rosario se
comprenda y se experimente cada vez más como un itinerario contemplativo. Por
medio de él, de manera complementaria a cuanto se realiza en la Liturgia, la
semana del cristiano, centrada en el domingo, día de la resurrección, se
convierte en un camino a través de los misterios de la vida de Cristo, y Él se
consolida en la vida de sus discípulos como Señor del tiempo y de la historia.
CONCLUSIÓN
«Rosario bendito de María, cadena dulce que nos unes con Dios»
39. Lo que se ha dicho hasta aquí expresa ampliamente la riqueza de esta oración
tradicional, que tiene la sencillez de una oración popular, pero también la
profundidad teológica de una oración adecuada para quien siente la exigencia
de una contemplación más intensa.
La Iglesia ha visto siempre en esta oración una particular eficacia, confiando
las causas más difíciles a su recitación comunitaria y a su práctica
constante. En momentos en los que la cristiandad misma estaba amenazada, se
atribuyó a la fuerza de esta oración la liberación del peligro y la Virgen
del Rosario fue considerada como propiciadora de la salvación.
Hoy deseo confiar a la eficacia de esta oración –lo he señalado al principio–
la causa de la paz en el mundo y la de la familia.
La paz
40. Las dificultades que presenta el panorama mundial en este comienzo del nuevo
Milenio nos inducen a pensar que sólo una intervención de lo Alto, capaz de
orientar los corazones de quienes viven situaciones conflictivas y de quienes
dirigen los destinos de las Naciones, puede hacer esperar en un futuro menos
oscuro.
El Rosario es una oración orientada por su naturaleza hacia la paz, por el
hecho mismo de que contempla a Cristo, Príncipe de la paz y «nuestra paz» (Ef
2, 14). Quien interioriza el misterio de Cristo –y el Rosario tiende
precisamente a eso– aprende el secreto de la paz y hace de ello un proyecto de
vida. Además, debido a su carácter meditativo, con la serena sucesión del Ave
Maria, el Rosario ejerce sobre el orante una acción pacificadora que lo dispone
a recibir y experimentar en la profundidad de su ser, y a difundir a su
alrededor, paz verdadera, que es un don especial del Resucitado (cf. Jn 14, 27;
20, 21).
Es además oración por la paz por la caridad que promueve. Si se recita bien,
como verdadera oración meditativa, el Rosario, favoreciendo el encuentro con
Cristo en sus misterios, muestra también el rostro de Cristo en los hermanos,
especialmente en los que más sufren. ¿Cómo se podría considerar, en los
misterios gozosos, el misterio del Niño nacido en Belén sin sentir el deseo de
acoger, defender y promover la vida, haciéndose cargo del sufrimiento de los niños
en todas las partes del mundo? ¿Cómo podrían seguirse los pasos del Cristo
revelador, en los misterios de la luz, sin proponerse el testimonio de sus
bienaventuranzas en la vida de cada día? Y ¿cómo contemplar a Cristo cargado
con la cruz y crucificado, sin sentir la necesidad de hacerse sus «cireneos»
en cada hermano aquejado por el dolor u oprimido por la desesperación? ¿Cómo
se podría, en fin, contemplar la gloria de Cristo resucitado y a María
coronada como Reina, sin sentir el deseo de hacer este mundo más hermoso, más
justo, más cercano al proyecto de Dios?
En definitiva, mientras nos hace contemplar a Cristo, el Rosario nos hace también
constructores de la paz en el mundo. Por su carácter de petición insistente y
comunitaria, en sintonía con la invitación de Cristo a «orar siempre sin
desfallecer» (Lc 18,1), nos permite esperar que hoy se pueda vencer también
una "batalla" tan difícil como la de la paz. De este modo, el
Rosario, en vez de ser una huida de los problemas del mundo, nos impulsa a
examinarlos de manera responsable y generosa, y nos concede la fuerza de
afrontarlos con la certeza de la ayuda de Dios y con el firme propósito de
testimoniar en cada circunstancia la caridad, «que es el vínculo de la
perfección» (Col 3, 14).
La familia: los padres...
41. Además de oración por la paz, el Rosario es también, desde siempre, una
oración de la familia y por la familia. Antes esta oración era apreciada
particularmente por las familias cristianas, y ciertamente favorecía su comunión.
Conviene no descuidar esta preciosa herencia. Se ha de volver a rezar en familia
y a rogar por las familias, utilizando todavía esta forma de plegaria.
Si en la Carta apostólica Novo millennio ineunte he alentado la celebración de
la Liturgia de las Horas por parte de los laicos en la vida ordinaria de las
comunidades parroquiales y de los diversos grupos cristianos,39 deseo hacerlo
igualmente con el Rosario. Se trata de dos caminos no alternativos, sino
complementarios, de la contemplación cristiana. Pido, por tanto, a cuantos se
dedican a la pastoral de las familias que recomienden con convicción el rezo
del Rosario.
La familia que reza unida, permanece unida. El Santo Rosario, por antigua
tradición, es una oración que se presta particularmente para reunir a la
familia. Contemplando a Jesús, cada uno de sus miembros recupera también la
capacidad de volverse a mirar a los ojos, para comunicar, solidarizarse,
perdonarse recíprocamente y comenzar de nuevo con un pacto de amor renovado por
el Espíritu de Dios.
Muchos problemas de las familias contemporáneas, especialmente en las
sociedades económicamente más desarrolladas, derivan de una creciente
dificultad comunicarse. No se consigue estar juntos y a veces los raros momentos
de reunión quedan absorbidos por las imágenes de un televisor. Volver a rezar
el Rosario en familia significa introducir en la vida cotidiana otras imágenes
muy distintas, las del misterio que salva: la imagen del Redentor, la imagen de
su Madre santísima. La familia que reza unida el Rosario reproduce un poco el
clima de la casa de Nazaret: Jesús está en el centro, se comparten con él
alegrías y dolores, se ponen en sus manos las necesidades y proyectos, se
obtienen de él la esperanza y la fuerza para el camino.
... y los hijos
42. Es hermoso y fructuoso confiar también a esta oración el proceso de
crecimiento de los hijos. ¿No es acaso, el Rosario, el itinerario de la vida de
Cristo, desde su concepción a la muerte, hasta la resurrección y la gloria?
Hoy resulta cada vez más difícil para los padres seguir a los hijos en las
diversas etapas de su vida. En la sociedad de la tecnología avanzada, de los
medios de comunicación social y de la globalización, todo se ha acelerado, y
cada día es mayor la distancia cultural entre las generaciones. Los mensajes de
todo tipo y las experiencias más imprevisibles hacen mella pronto en la vida de
los chicos y los adolescentes, y a veces es angustioso para los padres afrontar
los peligros que corren los hijos. Con frecuencia se encuentran ante
desilusiones fuertes, al constatar los fracasos de los hijos ante la seducción
de la droga, los atractivos de un hedonismo desenfrenado, las tentaciones de la
violencia o las formas tan diferentes del sinsentido y la desesperación.
Rezar con el Rosario por los hijos, y mejor aún, con los hijos, educándolos
desde su tierna edad para este momento cotidiano de «intervalo de oración» de
la familia, no es ciertamente la solución de todos los problemas, pero es una
ayuda espiritual que no se debe minimizar. Se puede objetar que el Rosario
parece una oración poco adecuada para los gustos de los chicos y los jóvenes
de hoy. Pero quizás esta objeción se basa en un modo poco esmerado de rezarlo.
Por otra parte, salvando su estructura fundamental, nada impide que, para ellos,
el rezo del Rosario –tanto en familia como en los grupos– se enriquezca con
oportunas aportaciones simbólicas y prácticas, que favorezcan su comprensión
y valorización. ¿Por qué no probarlo? Una pastoral juvenil no derrotista,
apasionada y creativa –¡las Jornadas Mundiales de la Juventud han dado buena
prueba de ello!– es capaz de dar, con la ayuda de Dios, pasos verdaderamente
significativos. Si el Rosario se presenta bien, estoy seguro de que los jóvenes
mismos serán capaces de sorprender una vez más a los adultos, haciendo propia
esta oración y recitándola con el entusiasmo típico de su edad.
El Rosario, un tesoro que recuperar
43. Queridos hermanos y hermanas: Una oración tan fácil, y al mismo tiempo tan
rica, merece de veras ser recuperada por la comunidad cristiana. Hagámoslo
sobre todo en este año, asumiendo esta propuesta como una consolidación de la
línea trazada en la Carta apostólica Novo millennio ineunte, en la cual se han
inspirado los planes pastorales de muchas Iglesias particulares al programar los
objetivos para el próximo futuro.
Me dirijo en particular a vosotros, queridos Hermanos en el Episcopado,
sacerdotes y diáconos, y a vosotros, agentes pastorales en los diversos
ministerios, para que, teniendo la experiencia personal de la belleza del
Rosario, os convirtáis en sus diligentes promotores.
Confío también en vosotros, teólogos, para que, realizando una reflexión a
la vez rigurosa y sabia, basada en la Palabra de Dios y sensible a la vivencia
del pueblo cristiano, ayudéis a descubrir los fundamentos bíblicos, las
riquezas espirituales y la validez pastoral de esta oración tradicional.
Cuento con vosotros, consagrados y consagradas, llamados de manera particular a
contemplar el rostro de Cristo siguiendo el ejemplo de María.
Pienso en todos vosotros, hermanos y hermanas de toda condición, en vosotras,
familias cristianas, en vosotros, enfermos y ancianos, en vosotros, jóvenes:
tomad con confianza entre las manos el rosario, descubriéndolo de nuevo a la
luz de la Escritura, en armonía con la Liturgia y en el contexto de la vida
cotidiana.
¡Qué este llamamiento mío no sea en balde! Al inicio del vigésimo quinto año
de Pontificado, pongo esta Carta apostólica en las manos de la Virgen María,
postrándome espiritualmente ante su imagen en su espléndido Santuario
edificado por el Beato Bartolomé Longo, apóstol del Rosario. Hago mías con
gusto las palabras conmovedoras con las que él termina la célebre Súplica a
la Reina del Santo Rosario: «Oh Rosario bendito de María, dulce cadena que nos
une con Dios, vínculo de amor que nos une a los Ángeles, torre de salvación
contra los asaltos del infierno, puerto seguro en el común naufragio, no te
dejaremos jamás. Tú serás nuestro consuelo en la hora de la agonía. Para ti
el último beso de la vida que se apaga. Y el último susurro de nuestros labios
será tu suave nombre, oh Reina del Rosario de Pompeya, oh Madre nuestra querida,
oh Refugio de los pecadores, oh Soberana consoladora de los tristes. Que seas
bendita por doquier, hoy y siempre, en la tierra y en el cielo».
Vaticano, 16 octubre del año 2002, inicio del vigésimo quinto de mi
Pontificado.
Notas
1 Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 45.
2
Pablo VI, Exhort. ap. Marialis
cultus, (2 febrero 1974) 42, AAS 66 (1974), 153.
3 Cf. Acta Leonis XIII, 3 (1884), 280-289.
4 En particular, es digna de mención su Carta ap. sobre el Rosario Il religioso
convegno del 29 septiembre 1961: AAS 53 (1961), 641-647.
5 Angelus: L"Osservatore Romano ed. semanal en lengua española, 5
noviembre 1978, 1.
6 AAS93 (2002), 285.
7 En los años de preparación del Concilio, Juan XXIII invitó a la comunidad
cristiana a rezar el Rosario por el éxito de este acontecimiento eclesial; cf.
Carta al Cardenal Vicario del 28 de septiembre de 1960: AAS 52 (1960), 814-817.
8 Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 66.
9 N. 32: AAS 93 (2002), 288.
10 Ibíd., 33: l. c., 289.
11 Es sabido y se ha de recordar que las revelaciones privadas no son de la
misma naturaleza que la revelación pública, normativa para toda la Iglesia. Es
tarea del Magisterio discernir y reconocer la autenticidad y el valor de las
revelaciones privadas para la piedad de los fieles.
12 El secreto admirable del santísimo Rosario para convertirse y salvarse,en
Obras de San Luis María G. de Montfort, Madrid 1954, 313-391.
13 Beato Bartolo Longo, Storia del Santuario di Pompei, Pompei 1990, p.59.
14 Exhort. ap. Marialis cultus (2 febrero 1974), 47: AAS 66 (1974), 156.
15 Const. sobre Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium,10.
16 Ibíd., 12.
17 Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 58.
18 I Quindici Sabati del Santissimo Rosario,27 ed., Pompeya 1916), p. 27.
19 Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 53.
20 Ibíd., 60.
21 Cf. Primer Radiomensaje Urbi et orbi (17 octubre 1978): AAS 70 (1978), 927.
22 Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, 120, en: Obras. de
San Luis María G. de Montfort, Madrid 1954, p.505s.
23 Catecismo de la Iglesia Católica, 2679.
24 Ibíd., 2675.
25 La Suplica a la Reina del Santo Rosario, que se recita solemnemente dos veces
al año, en mayo y octubre, fue compuesta por el Beato Batolomé Longo en 1883,
como adhesión a la invitaciòn del Papa Leon XIII a los católicos en su
primera Encíclica sobre el Rosario a un compromiso espiritual orientado a
afrontar los males de la sociedad.
26 Divina Comedia,Par. XXXIII, 13-15.
27 Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 20: AAS 93 (2001), 279.
28 Exort. ap. Marialis cultus (2 febrero 1974), 46: AAS 66 (1974), 155.
29 Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 28: AAS 93 (2001), 284.
30 N. 515.
31 Angelus del 29 de octubre 1978: L"Osservatore Romano,ed. semanal en
lengua española, 5 noviembre 1978, 1.
32 Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 22.
33 S. Ireneo de Lyon, Adversus haereses, III, 18,1: PG 7, 932.
34 Catecismo de la Iglesia Católica,2616.
35 Cf. n. 33: AAS 93 (2001), 289.
36 Carta a los artistas(4 abril 1999), 1: AAS 91 (1999), 1155.
37 Cf. n. 46: AAS 66 (1974), 155. Esta costumbre ha sido alabada recientemente
por la Congregación para el Culto Divino y la disciplina de los Sacramentos,
Directorio sobre la piedad popular y la liturgia. Principios y orientaciones (17
diciembre 2001), n.201.
38
« ...concede, quæsumus, ut hæc mysteria sacratissimo beatæ Mariæ Virginis
Rosario recolentes, et imitemur quod continent, et quod promittunt assequamur »:
Missale Romanum (1960) in festo B. M. Virginis a Rosario.
39 Cf. n. 34: AAS 93 (2001), 290.
Instrucciones
para el
Rosario
Iluminado
Cómo
operar la unidad
Active el Rosario con el interruptor
de encendido que se encuentra en la parte inferior de la unidad. Oprima el botón
del centro para comenzar las oraciones. Cada vez que se vuelva a oprimir el botón
del centro, las luces se irán iluminando con la secuencia del Santo Rosario, de
manera que vayan guiando al usuario en sus oraciones.
Si no se oprime el botón del centro por un periodo de tiempo de
aproximadamente 2 minutos, las luces se apagarán y entrará en un periodo de
reposo, guardando en la memoria la posición de la secuencia que se llevaba en
ese momento. Al oprimir el botón nuevamente, el Rosario se encenderá en la
posición que tenía antes de entrar en el periodo de reposo.
En cualquier momento se puede desactivar la unidad utilizando el
interruptor inferior y al activarlo nuevamente volverá a comenzar toda la
secuencia.
Advertencia: Este aparato electrónico no es un juguete.
Se requiere la supervisión de un adulto en todo momento.
¿Qué
es el Rosario?
El Rosario es un conjunto de
oraciones que repetimos mientras meditamos sobre los hechos misteriosos de el
nacimiento, vida, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo y de su
Madre, la Santísima Virgen María.
Cómo
rezar el Rosario
Se empieza a rezar el Rosario
haciendo la señal de la cruz:
Por la señal de la Santa Cruz,
de nuestros enemigos, líbranos Señor Dios nuestro. En el nombre del Padre, del
Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Luego se recita:
Señor mío, Jesucristo,
Dios y hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío. Por ser vos quien sois
y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberos ofendido.
Propongo firmemente nunca más pecar y apartarme de todas las ocasiones de
ofenderos. Confesarme y cumplir la penitencia que me fuera impuesta.
Ofrezco a vos mi vida obras y
trabajos en satisfacción de todos mis pecados. Así como os lo suplico, así
confío en vuestra divina bondad y misericordia infinita. Me los perdonareis por
los merecimientos de vuestra preciosísima sangre, Pasión y Muerte, me daréis
gracia para enmendarme y para perseverar en vuestro santo servicio hasta la
muerte. Amén.
Luego se dice el misterio
correspondiente según el día. Por ejemplo: si es domingo, se dice: “Primer
misterio glorioso, La Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.”
Inmediatamente se reza un Padre
Nuestro y diez Avemarías:
Padre nuestro
que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase
tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día,
perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal.
(una
vez)
Dios te salve María,
llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las
mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios, ruega
por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
(10 veces)
Gloria al Padre,
al Hijo y al Espíritu Santo,
como era en un principio, ahora y
siempre por los siglos de los siglos. Amén.
María, Madre de Gracia y Madre de
Misericordia, en la vida y en la muerte ampáranos Gran Señora.
En seguida se dice el segundo
misterio correspondiente y se repite la secuencia de oraciones: Un Padre Nuestro,
diez Avemarías, un Gloria, y un María Madre de Gracia.
Y así sucesivamente hasta terminar
el quinto misterio.
Acabado el último misterio se reza
un Padre Nuestro y tres Avemarías de la siguiente manera:
Dios te salve María, hija de
Dios Padre, llena eres de gracia...etc.
Dios te salve María, madre de
Dios Hijo, llena eres de gracia...etc.
Dios te salve María, esposa de
Dios Espíritu Santo, llena eres de gracia...etc.
Y Dios te salve María templo y
sagrario de la Santísima Trinidad, Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu
Santo, como era en un principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos.
Amén.
Finalmente se reza la Salve:
Dios
te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra, Dios
te salve. A ti llamamos los desterrados hijos de Eva: A ti suplicamos gimiendo y
llorando en este valle de lágrimas. Ea pues, Señora abogada nuestra, vuelve a
nosotros esos tus ojos misericordiosos y, después de este destierro, muéstranos
a Jesús, fruto bendito de tu vientre. ¡Oh
clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María! Ruega por nosotros santa
Madre de Dios, para que seamos dignos de alcanzar y gozar las promesas de
nuestro señor Jesucristo. Amén.
Ave María purísima, sin pecado
concebida.
Los
Misterios
MISTERIOS GOZOSOS
(Lunes y Sábado)
1. La Encarnación del Hijo de Dios
2. La Visitación de María a su
prima Isabel
3. El Nacimiento del Hijo de Dios en
Belén
4. La Presentación de Jesús en el
Templo
5. El Niño perdido y hallado en el
Templo
MISTERIOS LUMINOSOS (Jueves)
1. Bautismo de Jesús en el Jordán
2. Autorrevelación en las Bodas de
Caná.
3. Anuncio del Reino de Dios
invitando a la conversión
4. La Transfiguración
5. Institución de la Eucaristía.
MISTERIOS DOLOROSOS (Martes y Viernes)
1. La Oración de Jesús en el Huerto
2. La Flagelación del Señor
3. La Coronación de espinas
4. Jesús con la Cruz a cuestas
5. Jesús muere en la Cruz
MISTERIOS GLORIOSOS
(Miércoles y Domingos)
1. La Resurrección del Señor
2. La Ascensión del Señor
3. La Venida del Espíritu Santo
sobre los apóstoles
4. La Asunción de Nuestra Señora
5. La Coronación de María Santísima
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16-10-2002